Fitness, feminismo y el ejercicio como acto de amor propio

Comprender por qué nos ejercitamos es el primer paso.

Mucho se ha dicho sobre el mundo fitness y mucho más sobre el feminismo. Si nos basamos en un mundo donde las mujeres se ejercitan solo para alcanzar un cuerpo atractivo para el male gaze, entonces podrían resultar dos conceptos contradictorios.

Sin embargo, ¿es así? Desde pequeñas crecimos escuchando sobre distintos aspectos de nuestro cuerpo que deberíamos cambiar para lucir mejor. Y muchas sentimos que todo el esfuerzo finalmente valió la pena una vez que realmente cambiamos esos aspectos y conseguimos halagos.

Si crecí viendo a mis referentes femeninos haciendo críticas duras hacia sus muslos, hablando mal sobre sus brazos y deseando con todas sus fuerzas tener un abdomen plano, ¿estoy mal por querer ejercitarme con la intención de “verme mejor” según los estándares patriarcales? ¿Acaso soy una mala feminista?

Lo cierto es que no existe una respuesta correcta pero lo que sí debemos tener claro es que no, no somos malas feministas. No podemos culparnos a nosotras mismas por nacer inversas en un mundo donde el fitness, históricamente, ha sido relacionado con verse más atractiva.

¿Cómo hago el cambio de switch?

Algo bueno es que ahora estamos más atentas y mucho más conscientes de nuestro bienestar. O al menos, deberíamos intentar estarlo. 

El primer paso es darnos cuenta de que el ejercicio no se hace solo con la intención de perder peso o de “apretar”, es un acto que cambia por completo el paradigma al cual estamos acostumbradas. Entrenar puede ser un acto de amor propio, claro que sí, y eso es algo que solo descubriremos una vez que estemos inversas en los efectos positivos que tiene en nuestras vidas. Efectos que se reflejan más allá del aspecto físico.

El ejercicio es algo que nos hace sentir activas, poderosas, nos hace dormir mejor, reduce el estrés y, en general, nos pone más felices. Y por lo mismo es que existe esta gran condición: si seguimos viendo al ejercicio como la herramienta que nos permitirá lucir de cierta forma, seguramente nunca lo disfrutaremos. Y cada vez que llegue la hora de entrenar, lo haremos sin ganas y deseando que los minutos pasen lo más rápido posible. Pero no, se hacen eternos.

Ahora, seamos aterrizadas. Ningún proceso es lineal. Y torturarnos con la idea de cómo nos deberíamos sentir frente al ejercicio también es dañino. Lo importante es cuestionarnos sin presionarnos, acá nadie hace las reglas y no tenemos por qué amar cada aspecto de nuestro cuerpo cuando el amor propio es mucho más potente que eso. ¿Puedo hacer fuerza con la intención de reducir mi índice de grasa? Claro que sí, pero no tienes por qué esperar que todas las personas entrenando a tu alrededor también lo hagan con ese objetivo. ¿Se entiende?

Una vez que traspasamos ese límite y comenzamos a realmente ver al ejercicio como una disciplina que alimenta nuestro bienestar, podemos proponernos objetivos por y para nosotras, sin presiones. Y eso sí que es sumamente valioso.

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